Cada espacio tiene sus bondades, sus tranquilidades y sus afanes. Para quienes viven en la ruralidad es un poco más demorado los trámites que deba hacer con el Estado; para quien vive en la ciudad, la polución y los altos índices de contaminación son un peligro para la salud… y así podríamos continuar con una lista de pros y contra para defender estos dos espacios que así como algunos los aborrecen a otros encantan. Así que hoy les dejaremos dos imágenes que a todos nos atañen, y dejar por un momento a lector, habitar estos dos espacios a partir de dos escenarios:

Vida rural:

Había acabo de ponerle la traílla a Sansón, un perro criollo y barrigón de 7 años de edad que le acompañaba perezosamente por todas sus actividades en la casa de campo a la que se había retirado por su enfermedad pulmonar. Hace mucho había cerrado las ventanas de madera que tanto le gustaban, no solo por sus detalles en el decorado, pero porque tenían un olor a cedro que lo devolvía a su infancia, a la que fuera la carpintería de su padre donde este tantas veces le prohibió jugar, pero donde este felizmente se lanzaba sobre el aserrín y las virutas de madera en las que fantaseaba era un tiburón o una ballena esperando saltar para asustar a su ocupado padre…

Dio un sobresalto, se quedó elevado en un recuerdo, y prosiguió a avanzar por la finca desolada como lo haría un alma que escapa de un cementerio, Sansón lo acompañaba, y con la boca abierta hacía un gesto que su amo interpretaba como una sonrisa, como el de una apacibilidad que sabía que era la hora en que los dos se perderían en la bruma de la tarde que se muere en la noche. El hombre tosía silenciosamente, tosía de una forma en que parecía darle temor ser escuchado, tal vez los pájaros se quejaron de tan extraño sonido; sin embargo siguieron su andar por la vereda, por donde el fresco de la tarde se hacía más frío dando paso a la noche. En realidad los dos se adentraron en la geometría interminable de plantas y árboles, que se confunden con la arquitectura de la tierra que los llevaba como en un laberinto verde de paisaje tras paisaje. No los movía ninguna agitación en su corazón, la tarde también había caído en ellos, ahora los grillos los llevaban de vuelta a casa con su melodía, había un olor a melocotón en la vereda, pero era la paz, y la incertidumbre que les producía el pensar si la tierra realmente va tan rápido, por qué en esas tardes de caminata el reloj y el mundo se detuvieran en un aroma, una flor silvestre, o el canto herido de un gallo que se va haciendo imperceptible en el camino. Ya había estrellas en la ventana, en el cielo Sansón se había dormido al pie del sofá, y su dueño bebía un chocolate caliente.

Vida en la ciudad:

Era un laberinto de edificios, un mundo de tetris con edificios de ladrillos rojos y rosados en los que su mirada no sabía sobre qué fijarse, apenas apuntaba hacia alguna ventana, o un techo repleto de antenas en el que solamente se veía un palomar, los únicos dueños de tales alturas. Al levantar la mirada solo un sol reluciente por donde vuela un gallinazo, y siente el calor de la tarde que parece enfrascarse en su balcón. Va al refrigerador toma algo de agua fría y se sienta en la sala con su computador portátil, pone una que otra canción para pasar la tarde, para no sentirse tan solo. Mira hacia la habitación de su cuarto y se sorprende de lo silenciosa que parece, de lo linda que se ve su cama, a pesar de que esté desordenada. Afuera pasa alguien con una carroza en la que se ven frutas y verduras, grita a todo pulmón para que lo escuchen de todos los apartamentos y de todos los edificios de la cuadra: ¡Agucatate, bananos! ¡Sandía fresca! Parece no importarle, siente fatiga y piensa en lo difícil de ese trabajo, o en lo complicado de cualquier empleo, pero de ese en específico en donde la inclemencia del clima, la gente y los carros.

El sueño le gana la victoria y el silencio por fin se apodera de la cuadra, el viento pasa por los pequeños prados de las aceras y uno que otro árbol deja caer sus hojas, el sol refleja su potencia en todos los cristales, muchos hacen la siesta, otros tantos trabajan en sus deberes, y la soledad no se siente en la ausencia, pero en que la velocidad en que empieza a andar todo, no lleva a ninguna parte.

Según tu experiencia déjanos saber cuál es tu lugar preferido, la ciudad o el campo. Escojan sabiamente, no pierdan de vista dejarnos un cariñito en los comentarios y compartir el post con tus amigos.

0 0 vota
Valoración
Suscribirse
Notificar por
guest
0 Comentarios
Opiniones en linea
Muestra todos los comentarios