El museo de la memoria tiene un montón de habitaciones y pasadizos que guardan tesoros y pesadillas. Se hacen presentes en nuestra vida como fantasmas; así igual de traslúcidos, nos repiten aquellas sensaciones, los muertos vuelven a la vida, y por unos breves segundos, esos lugares y esas personas dejan de nuevo en nosotros la huella de su amor, su olvido… 

¿Qué valor tiene recordar? que inflama nuestro corazón de una manera tan especial: un olor de una comida que sale de una casa te llevó a la infancia; la forma en que los rayos del sol atraviesan una ventana te llevó al apartamento en que viviste alguna vez; la forma en que el viento hace volar los cabellos de una chica en una tarde soleada te hizo perder en la memoria, y una vaga congoja al encontrarte uno de sus cabellos en tu almohada. 

Aunque nuestra mente siempre está trabajando en la inmediatez del presente, el pasado irrumpe en nosotros y nos deja, tal vez, conocernos un poco mejor, saber que este ahora no podía ser nada, sin el ayer que fue. También hay herramientas del recuerdo y del olvido, por ejemplo, una fotografía, invento que nos ha acercado a unos secretos del viaje en el tiempo por la captura de la luz, ¿y del olvido? esa opción, la tecla de eliminar y hasta bloquear para siempre un contacto ha sido otra de las formas en que hemos materializado el olvido.

Las fotos nos ayudan a recordar.

Recordamos ahora las palabras del escritor francés, Marcel Proust sobre una de sus tantas figuras sobre la memoria:

Pero si un ruido, un olor, ya oído o respirado antes, se oye o se respira de nuevo, a la vez en el presente y en el pasado reales sin ser actuales, ideales sin ser abstractos, enseguida se encuentra liberada la esencia permanente y habitualmente oculta de las cosas, y nuestro verdadero yo, que, a veces desde mucho tiempo atrás, parecía muerto pero no lo estaba del todo, se despierta, se anima al recibir el celestial alimento que le aportan. Un minuto liberado del orden del tiempo ha recreado en nosotros, para sentirlo, al hombre, liberado del orden del tiempo. Y se comprende que este hombre sea confiado en su alegría, aunque el simple sabor de una magdalena no parezca contener lógicamente las razones de esa alegría; se comprende que la palabra “muerte” no tenga sentido para él; situado fuera del tiempo, ¿qué podría temer del futuro?

En busca del tiempo perdido -El tiempo recobrado- Marcel Proust

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