Kafka es a todas luces un escritor único en su género, el visionario de las pesadillas del mundo contemporáneo, y un hombre de una sensibilidad estética que conmueve a todos por igual. Son muchas las interpretaciones que ha merecido su obra, ya sean acertadas o muy alocadas, podemos estar seguros que todas están de acuerdo que la mirada de su obra, es la del hombre sencillo, uno que siempre observa a la vida pasar; una suerte de Voyeur que ve cómo se despliega el sueño o la pesadilla en los otros y de sí mismo. Sus pesadillas no despiertan de problemas fantásticos, todas nacen de problemas comunes, o si se quiere grises, pero que a la hora de la verdad son el auténtico suplicio del hombre común y corriente. A Gregor Samsa no le preocupa que al despertar se haya convertido en un bicho, le preocupa su familia, el saber que ya no puede aportar lo suficiente para olvidar la deuda de su familia con su jefe; le preocupa lo que piense su familia de él por no levantarse temprano, ni salir de su habitación; le preocupa que su Jefe venga y cause un alboroto por su ausencia…

Ahora, si bien aquí solamente señalamos un aspecto mínimo de una de sus obras, nos gustaría recordarles a nuestros lectores de eso que aquí hemos llamado como “la enseñanza de Kafka”, para los conocedores de su obra saben que sus trabajos capitales como El castillo o América son trabajos sin terminar, ya por los motivos que sean y que no nos corresponde escudriñar, queremos tomar ese carácter fragmentario de sus escritos para decir que el mundo nos ha contaminado con una idea, no sabemos si industrializada, pero que nos aboga a todos a concebirlo todo desde un principio y un final; es decir, a lo que le damos un comienzo, le debemos dar un justo final. Cuanta verdad hay en que la vida no todo empieza como idealmente debería de serlo, cuántas cosas no se conciben desde el caos mismo, del desorden más asfixiante y oscuro; cuántos finales son una simple desaparición, una palabra a medio pronunciar de unos labios que tiemblan; en un hombre que se regocija por la cita que tendrá con su amada, pero del que no sabremos si se vieron de nuevo. No se trata tampoco de que se nos interprete como que debamos aceptarlo todo cual venga, no se trata de ningún conformismo, se trata de darle la oportunidad a la vida de que retoñe en otras formas, de otras maneras, pues no todo termina con el beso que despierta a la princesa, ni todo con el despertar de un día soleado. Puede que Kafka no lo haya pensado así, sin embargo, también al atrevernos a hacer una interpretación tan traída de los cabellos, para recordar que si bien los ideales son importantes, tampoco podemos dejar que contaminen nuestra vida y nos cierren el camino a otras esferas.

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