A raíz de la pregunta planteada en el libro: “¿Para qué se lee y se escribe en la universidad colombiana?”, quiero dar mi concepto de la realidad que en este campo se vive en nuestro país. Dicho concepto envuelve la misma pregunta planteada en el anterior texto.

En este escrito hago énfasis en el capítulo correspondiente a las prácticas de lectura y escritura, en la universidad colombiana, porque es aquí donde se plantea en forma específica, cómo se han entendido dichas prácticas.

Aunque muchas de las afirmaciones del libro me parecen válidas, sin embargo, disiento en cuanto a la viabilidad de lo expuesto, porque la mayoría de lo que allí se propone, resulta irrealizable en la práctica, pues a la hora de aplicarlo, no se cristaliza.

“Los autores no escriben para ser leídos, sino para engrosar su currículo y aumentar su sueldo”

Juan Pablo Arango

Una de las primeras acotaciones que quiero hacer al respecto, tiene que ver con la denuncia que hace el profesor Juan Pablo Arango (2009), de la Universidad de Caldas, en la revista “El malpensante”. Allí sostiene que un gran número de los trabajos de investigación que se publican en las revistas universitarias, no se leen, ya que son trabajos inocuos, por decir lo menos. Además afirma lo siguiente: “Los autores no escriben para ser leídos, sino para engrosar su currículo y aumentar su sueldo” (Arango, P. 2009). Acorde con esta denuncia, personalmente he podido comprobar lo farragoso e insulso de esas investigaciones, que nada aportan al lector en el campo del conocimiento científico y que por el contrario no son más que unas divagaciones alrededor de nada. Mucha palabrería y hojarasca, para rellenar cuartillas y cuartillas y así tratar de impresionar a aquellos lectores ingenuos, que tragan entero. Para muestra, un botón. ¿Qué diría un lector bien avisado sobre lo que quiere transmitirnos esta investigadora de la Universidad Nacional, en el siguiente párrafo?  

La multiculturalidad, la fragmentación y la llamada desterritorialización, son tres eventos rizomáticos de la vida urbana contemporánea, que intentamos interpretar y comprender hermenéuticamente con el ánimo de proponer alternativas ético-estéticas de acción. Para realizar este ejercicio hermenéutico tenemos que partir de que vale todo aquello que vamos a interpretar y a comprender. Este todo vale permite que no despreciemos nada, ningún actor, ningún escenario, ninguna interrelación, ninguna actuación en la ciudad. Esto todo vale no descalifica a priori a nadie ni a nada. Permite la posibilidad de que todo y todos los que intervienen sean escuchados y valorados. Paradójica y contrariamente a los que creen que el todo vale es fuente de impunidad, silencio cómplice o desprecio, el todo vale como momento inicial del proceso hermenéutico, permite que todos y todo tengan un valor, un lugar, un sitio y una importancia semejantes, en las decisiones urbanas. (Noguera, A. 2004, p. 123)

Otra perla, por el estilo, es la publicada en la revista de la universidad de Antioquia, clasificada en C por Colciencias.

Contra el orden y el conformismo lingüísticos, para ser, actuar e interpretar de otro modo, hay que ser un filólogo. No en el sentido del especialista ni del literato, quienes pretenden apropiarse de las palabras, o como la hermenéutica tradicional o a las concepciones lingüísticas positivas, que marginan la materialidad de las palabras o las reducen en un estudio con pretensiones objetivas, sino en el sentido del cuerpo-amante-enamorado de ellas, quien ama y siente el cuerpo de las palabras, de ese cuerpo sensible, maleable, revelador de la alteridad, lugar de la libertad; quien no las utiliza, porque el cuerpo de las palabras no le pertenece al discurso, a la comunicación, sino que las ama subvirtiéndolas, explotándolas, colapsándolas hasta el sinsentido mismo. (Larrosa, J, p. 4)

No quiero decir que las cosas del conocimiento se deban expresar como “bogándose una mazamorra”, sino que al ser parte del conocimiento científico tienen su propio lenguaje; sin embargo, esto, no significa que se deba mostrar al mundo como aquellas formas abstrusas y petulantes, que al final, son sólo una conjugación de términos inconexos e indescifrables.

Una de las razones por las cuales se escribe investigación en Colombia, es para complacer a Colciencias y recibir  los premios y prebendas que ésta asigna a los investigadores.

Ejemplos dicientes de la forma negativa como funciona esta entidad, son los compadrazgos que se han establecido, tales como: tú escribes sobre una investigación, yo te leo, te la apruebo y te premio; pero a mi vez yo escribo, tú me lees, me apruebas y me premias… ¡qué compadrazgos tan lucrativos han conformado las camarillas de Colciencias!

¡Cómo se han tergiversado los fines que debiera propiciar una entidad del gobierno, llamada a estimular, precisamente, la lectura y la escritura en el campo académico!

Otro pensamiento interesante del profesor Arango es éste: “Un montón de papeles, arrumados, mal escritos, que no aportan nada nuevo y que nadie lee; es la síntesis de la producción académica colombiana, en los últimos años ¿Qué hay detrás de ese exceso de nada?”. (Arango, P. 2009)

Y me parecen mucho más graves, todavía, las consecuencias que este mal ejemplo trae para los alumnos, ya que, se les enseña, no solo con palabras, sino con el mal ejemplo, de que esto, es válido y ético. Nadie mejor que Schopenhauer, para responderles a estos pseudoeducadores: “Quien piensa bien, escribe bien, y quien sabe algo con claridad, lo dice claramente”. (Como se citó en Moreno, 2014)

Hay que mencionar, que muchos profesores parecen saltimbanquis de circo, ya que se escudan bajo un sinnúmero de artimañas y expresiones, que no sólo hieren al alumno, sino que lo desaniman en el ingente trabajo universitario, por alcanzar unas metas que se ha forjado.

Porque considero, que no es mucho pedirle al profesor, que tenga como fundamento de su metodología, animar a sus discípulos, incentivando en ellos la idea de que son capaces de coronar con éxito su carrera.

Abordando, ahora, el concepto de lectura y llevándolo al campo universitario, podríamos preguntarnos si el estudiante cuenta con el tiempo suficiente, para una lectura de estudio eficiente. Creo que valdría la pena insinuar a los catedráticos de las facultades, que pensaran mucho sobre este tópico y no atiborrar al alumno con trabajos, que a la postre resultan mediocres, pues el alumno no tuvo suficiente tiempo para realizar una lectura consciente, que retribuirá en un trabajo de más aliento y por ende más productivo.

A modo de reflexión traigo a colación, lo siguiente: Los maestros arman a los alumnos cual hordas, que saquean los libros, buscando lo útil y provechoso de ellos, mientras aplastan lo demás con las herraduras de sus caballos.

Desde todo punto de vista me parece injusta, la aseveración, tan en boga entre los profesores, de que los alumnos no leen; me consta que esto no es totalmente cierto, pues por el contrario son tantos, tan extensos y tan engorrosos los documentos que se les asignan para su lectura y análisis, que acomplejan y desorientan al lector.

¿Por qué no leen o leen poco los estudiantes?

Me parecen más importantes los procesos de lectura que se llevan a cabo, que estimulan al lector, pues si la pregunta es: ¿por qué no leen o leen poco los estudiantes? Mi respuesta sería, que en realidad sí leen, porque no es solamente tomar un libro y devorar hojas y hojas, sino que también se lee, cuando: miramos las estrellas en una noche despejada, cuando miramos las nubes, cuando admiramos una obra arquitectónica, cuando observamos los gestos de una persona, etc. (Estamos leyendo el firmamento, estamos vaticinando el clima, estamos interpretando el arte, estamos aplicando la psicología).

¿Qué historia puedes leer cuando miras el cielo?

Por eso son tan falsos aquellos porcentajes que muchas veces se publican en revistas y noticieros: “Que en tal país se leen tantos libros por persona al año. Que en Colombia no se leen ni dos libros al año, etc”. Aquí habría que preguntarle a dichas publicaciones ¿cuántas de esas personas entendieron lo que leyeron y qué provecho sacaron? Porque la cuestión de la lectura no está tanto en la cantidad, cuanto en la calidad (procesos de lectura).

Otro aspecto que valdría la pena señalar y que refuerza lo expuesto hasta ahora sobre la lectura, sería sobre el mundo mediático en el que nos encontramos y lo que representa la sobreinformación y la velocidad en que esa información queda descontinuada; de ahí que surjan preguntas como: ¿vale la pena aprender algo hoy, si mañana importará un bledo?

Algo mucho más preocupante, son los tipos de lectores pasivos que hay, pues terminan aceptando sin discusión alguna lo que leen, sin ni siquiera tomarse la molestia de contrastar la información que acaban de recibir e incluso la de verificar su veracidad.

Reconozco un gran mérito al libro publicado por la Pontificia Universidad Javeriana, porque sus planteamientos son adecuados a la enseñanza y son producto del esfuerzo investigativo de varios autores, informados en la materia. No quiero que se interpreten mal las observaciones que le hago. Lo que en realidad pretendo, es mostrar las verdaderas “prácticas de lectura y escritura”, tal como se han hecho en nuestro medio académico-universitario.

¿Para qué se lee? Se lee para aprender, para comprender tantos temas de este mundo, que necesitan una explicación. Desde luego que esa lectura ha de ser consciente, abundante y bien documentada, lo que a la postre desarrollará en dicho lector, una capacidad también para expresarse por escrito con claridad y un estilo literario que no dudarán en apreciarlo ávidos lectores.

Infortunadamente, analizado esto hoy, encuentro las grandes dificultades a las que se ve abocado un escritor, para que le sean publicadas sus obras, ya que las editoriales andan ansiosas en busca de los escritos, no tanto por su calidad, cuanto por la utilidad que puedan aportarles desde el punto de vista comercial.

Un ejemplo de esto lo encuentro en la novela de Honoré de Balzac: “Las ilusiones perdidas”. Aquí nos narra las dificultades que tiene el joven escritor Lucien de Rubempré para que le sean publicadas sus poesías y escritos en prosa, pues las editoriales parisinas del momento, consideraban que ese tipo de obras no venden, así fueran de más alta calidad, que las que sí editaban. Esto se sigue repitiendo aún en nuestros días y podemos encontrar en el historial de muchos escritores, muy famosos, que sus obras fueron rechazadas, por el editor de turno, que no encontraba rentable su publicación.

Me parece que esto ocasiona una gran frustración en todos aquellos que en el transcurso de sus estudios, también se preguntan como nosotros ¿para qué se lee y para qué se escribe?

Bibliografía

-Noguera, A (2004). El reencantamiento del mundo, México D. F. : Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente – PNUMA – Oficina Regional para América Latina y el Caribe.

-Larrosa, J (1999) Erótica y hermenéutica, o el arte de amar el cuerpo de las palabras. Educación y pedagogía (23-24) 18-26

-Arango, P (mayo de 2009) La farsa de las publicaciones universitarias. El malpensante.

-Moreno, L (25 de octubre de 2014) Schopenhauer no enseñaría en esta universidad. El país.

¿Te han puesto a leer textos sin sentido, pura charlatanería? libera tu ira en los comentarios 😉

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