Es hija de la ignorancia

el pretender seriamente,

que no beba más la gente

y que de hoy en adelante,

es mejor ser temperante

que una tina de aguardiente?

Alguna vez hemos sido feligreses de iglesias, nos hemos asomado a sus portones a ver si nos alcanzan los misereres que allí se cantan y como si se tratase de una cobija que nos protege del frío, nos dejamos ir en aquellas voces que parecieran rogar por nuestra alma. Así, muchas veces, frente a un bar clandestino, su feligrés escucha otro tipo de misereres, en forma de boleros y tangos cuyas letras, también, piden por las almas perdidas en los caminos oscuros de la vida. Esta iglesia, en la que unos beben con la misma devoción con la que otros rezan, aparece la figura de un hombre, como cualquier otro cristiano, entrando al recinto sagrado en busca de esas mismas gotas que bajan de la mano de Lázaro para que apaguen su sed de alegría, compasión, dulzura, amistad, regocijo, amor, humanidad…

Mientras se hace a la mesa y espera la ambrosía; sus labios exhalan una oración que se oía entre los monjes medievales que preparaban vino: [1]Qui bibit, domirt; qui dormit, non peccat; qui non peccat, sanctus est; ergo: qui bibit sanctus est. El monje antiguo y este comparten un lazo indisoluble, el misticismo de la copa transparente los une e inmortaliza; ya una melodía los ha encontrado en lo más hondo del bar, ya sus labios mascullan las letras que parecen diluir en lejanías lo que antes era una pena, en una alegría sutil, un triunfo pírrico que se celebra en la soledad o compañía. Este consuelo triste, como cualquier alivio a las grandes heridas, entraña la conquista de una felicidad a medias, o mediocre que aliviana, y tal vez, supera la hiel en que muchas veces nos amarga la vida.

Aquí esta alma se compara a la de los santos y sus sufrimientos, se eleva, se pierde; mientras el santo en su momento de mayor desdicha haya a un Dios que le limpia las heridas; el segundo, ebrio de sus penas las vuelve en un instante de felicidad, las convierte en una pequeña lucecita que iluminará el cielo de su noche. Se levanta de su mesa y entona en una voz ahogada de licor la canción que en lo más profundo de su alma resuena, quiere cantar como Leo Marini, pero le basta con saber que la letra es suya, le basta con cantar:

Dicen que soy borracho, / que no valgo nada, / que vivo soñando. /

Pero el mundo no sabe / las penas amargas / que sufro llorando. /

La vida no me importa, / pues solo me ha dado / traiciones y envidias. /

Yo sé que todo es falso, / que amor y amistad /son tan solo mentiras.

Por fin se ha deshecho del dolor que le aqueja, cree ya no reconocerlo, se ha convertido en olvido, liviano y capaz de enfrentar el mañana con una nueva cara; vuelve y bebe del olímpico licor, y recuerda que, hasta las copas, hay que saberlas besar. Este consuelo a la ilusión que se redime en besos de cristal que, a una buena sombra, proyectan a su corazón en idilios, en pequeñas palabras con que el licor le va soltando la lengua, se admira, aunque con pena, pide más de la bebida, en quién reconoce un gran amigo.

¿Eres un buen bebedor? ¿O caes dormido en menos de lo que canta un gallo? etiqueta a tu amigo alcohólico para que sepa lo que es beber.

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[1]Quien bebe, duerme; quien duerme, no peca; quien no peca, santo es; luego: quien bebe es un santo.

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