Bajo la sombra de un palo de mangos, yo también esperaba que la fuerza del universo me golpeara como golpeó a Newton, y entre hojas que caen por el susurro del viento, a mí me despertó con un moretón que se resigna perder la negrura de su coloración. Un mango –pensé– me ha dejado el ojo negro y me ha expulsado del mundo del ensueño ¡qué va! solo era un aguacate, tan verde como un sapo me había recordado lo difícil que es el existir, y sin descubrimiento alguno más allá que el del dolor.

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