Hay un salón del que dicen había un hombre en el que ya en sus manos se notaban las oblicuas manchas de los años. Cuentan que pasaba noches enteras en el salón de una casa solariega murmurando canciones y el nombre de una dama, o eso dicen los que saben meter suficientemente sus narices en lo que no les importa. Lo que sí es cierto, y pude comprobar años más tarde, es que, en aquel salón, sólo había un gran sillón para dos, en el que solo se notaba la marca de una sombra que se había tatuado a él y el gangoso radio del que todavía se alcanzaba a sintonizar una que otra emisora, de las que muy extrañamente nada más se escuchaban canciones de nostalgia y ausencia.

Me recosté sobre el polvoriento sillón, y acomodando mi cabeza, me imaginé al viejo de otrora, escuchando alguna canción, diciendo palabras al viento, como negándose su silencio y apartando las tinieblas del salón, de su propia alma, mendigando a la nada y al vacío el nombre de esa mujer, que nunca nadie alcanzó a descifrar; había algo femenino en esa palabra, un afecto y un cariño que el tiempo no había podido demoler; el nombre de una mujer que únicamente lograba escuchar él, cuando nosotros, o tal vez sólo yo le alcanzaba a entender b… n…

Dejé las conjeturas de nombres y me dejé diluir en pensamientos por la melodía que ahora sí escuchaba en la radio, un bolero que yo también empecé a seguir en murmuraciones.

Oyes el viento que llora al pasar,

es nuestro amor en su triste gemir,

son hojas muertas tu amor y mi amor

que nunca podrán revivir …

Y me sentí como el viejo, por un instante me quise volver él, y como nunca supe el nombre de la mujer que estaba en sus labios, como un buen recuerdo al hombre que admiré mucho tiempo, leí el gris papel, que para mí era su testamento:

-Dejé que en la soledad del salón se quede sonando la melodía de una de esas canciones con las que te duermes, donde aburrirse parece tan dulce y el cálido anaranjado sopor de la tarde me engaña con la sombra de las cosas, pensando que tal vez tú las vuelves a habitar. La canción se pone triste, sin sentido, y envejecida. El piso se ha manchado de mis lágrimas, mis brazos se resisten a que mis manos les permitan a mis dedos escribir otra línea. Lo que quería que fuera un poema, sólo son versos ahogados en la prosa de interminables pensamientos. La canción se repite, el dolor se queda adormecido y yo, me entrego a cualquier idea tonta.

0 0 vota
Valoración
Suscribirse
Notificar por
guest
0 Comentarios
Opiniones en linea
Muestra todos los comentarios