A veces miro atrás, tratando de recuperar lo que he perdido. Trato de recuperar artefactos tan útiles que se fueron perdiendo en cada batalla. Miro aquellos momentos encapsulados, quietos en el tiempo.

De esos momentos sólo quedan unos vestigios de fotos, que me recuerdan que más días así no volverán a haber. Recuerdo aquellas tardes en que salía de estudiar y que para llegar a casa tenía que pasar por unas hermosas arquitecturas que jugaban con la naturaleza del lugar. Recuerdo esos matices amarillentos de la luz de la mañana, y de cómo se tornaban anaranjados en la tarde; era una maravilla para mí, tanto que solía dar la vuelta para no perderme ese espectáculo y me acostaba al lado de un jardín vecino que estaba cerca de una vieja mansión que se había convertido en un ancianato.

Luego de perderme en pensamientos con el paisaje, disfrutaba de lanzar unas cuantas piedritas a la vieja mansión. Me era muy divertido quebrar aquellos vidrios y encajar una que otra piedrecilla en los sostenes de las enfermeras que salían corriendo detrás de mí, con el ánimo de entregarme a la policía, pero, yo era un niño muy habilidoso y al correr pocos me podían superar.

Después de huir y ocasionar tales estragos, me dirigía  a casa esperando probar uno de esos almuerzos de mi mamá, de esas comidas que uno siente desde la entrada de la casa; de las que hacen especialmente para tí, de esas para alimentar el alma inquieta de quién apenas descubría su existencia. Cuando terminaba la comida que me había preparado mi mamá, disfrutaba al sentarme a ver caricaturas todo el día con mi hermano, esperando el regreso de mi padre del trabajo.

Éste siempre nos traía alguna sorpresa; casi siempre eran juguetes y mecatos. Mi madre se aprovechaba de nuestra inocencia y nos engañaba con argucias y estratagemas que nosotros ciegamente aceptábamos, pues no podíamos: “comer tanto dulce, ni tanta harina”, sin embargo, su bondad nos evitó una buena diabetes.

En estos momentos recuerdo aquellos días, esos momentos que están congelados en el tiempo, momentos que hace rato ya perdí. Puedo sentir que en cada palpitar ¡cómo quisiera revivir esas épocas de gloria!, en que no existía para mí, palabra tan nefasta como la de “responsabilidad”. Épocas en que la única cosa que me preocupaba era la hora de llegada de mi papá del trabajo.

¿Pueden esculcar su memoria hasta sus más tempranos deseos e impresiones del mundo? De ser así, compártenos en los comentarios esas pinceladas de tu conciencia.

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