Todos tenemos un lugar al cual retirarnos, ya para abandonar el mundo y sus penas o ya para celebrar con la compañía de un amor o de amistades. Abriendo los oídos a una conversación ajena escuché un día decir a esos señores de antaño que, por aquellas épocas de un Medellín primigenio, bastaba con caminar por ahí y escuchar alguna canción que te llamara a entrar al local y empezar a beber. ¡Para beber cualquier excusa es válida! En particular, mi soledad ha sido mi gran acompañante y la testigo de mis besos a los labios de cristal de la copa. Hubo en Prado Centro uno que se llamaba “Olor cuento”, una vieja casona de techo verde y de aspecto de castillo en el que, las melodías y el licor fuerte hicieron de mis tardes-noches más amables. Por desgracia, como todo en la vida, se acabó y ese espacio que se había convertido en mi segunda casa, era ahora sólo un recuerdo de mis anhelos, muy parecido a los sorbos que aún hoy le doy al amargo licor desde la soledad de mi cuarto. Creo que espacios como el de esa antigua casa, no sólo me dejaba habitar su quietud, pero la oportunidad de divisar la vida de los otros tal y  como lo hace una sombra…

Dejamos el espacio abierto en los comentarios para que nos hablen de su barcito o tienda favorita para tomarse los rones o el aguardientico.

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