Uno de los encantos de las casas de Prado, más allá de su arquitectura, de sus historias o de las personas que vivieron en ellas, era la amplitud, ya que el espacio era uno de los temas más importantes en los hogares de otrora. Eran dimensiones que no solo colmaban las casas, sino que también se evidenciaban en sus calles, que le rendían admiración y culto al ambiente. Qué tan fundamental era este tema para el barrio, que hubo una época donde no podían circular autobuses por él, a menos de que fueran carros particulares.

El tamaño de estas casas, no solo brindaba espacios suficientes para albergar familias numerosas, sino que cumplía un requisito esencial para los pobladores del barrio Prado, como era, hacer realidad el verdadero significado del verbo “habitar”, que en realidad correspondía a vivir, coexistir, compartir con los más allegados y tener en dichos lugares: plantas, jardines, aves y mascotas, entre otros, lo que conllevaba una misión escondida, que no era otra diferente que la de ser capaz de guarecer en esos hogares  familiares, todo lo más querido.

Fotografía: Departamento Administrativo de Planeación, Medellín

Cuán diferente ahora, pues lo esencial de nuestros apartamentos, ya no es el poder “habitar” en ellos, sino el de tener un sitio al qué llegar a dormir y comer, después de un día de ingentes trabajos. Nos desmuestra ésto, la arquitectura actual, que está saturando la ciudad de edificios que se elevan en el firmamento, aprovechando el aire, ya que las superficies longitudinales se han agotado por el crecimiento desmesurado de la población de nuestra ciudad. La misma composición de los dichosos apartamentos, que muchos corrieron a cambiar por casas solariegas; puesto que la moda es esa, vivir apeñuscado con los otros; lugares que consiguen que detestemos más al prójimo; lugares donde no existe el concepto de privacidad, ya que no se puede orinar tranquilo y si se estornuda al otro le cae el esputo. Ni qué decir de los materiales con los que se construyen estos mal llamados edificios, que apenas sí son panales de abejas de escasos 45 m² y si muy grandes, de 70 m², o como las describiera el famoso nadaísta Gonzalo Arango, bóvedas de cementerio; y para colmo de males, los materiales de dudosa calidad y procedencia  con los que se edifica dichos complejos de vivienda que se van tarjando y hasta derrumbando, como sucedió en un complejo habitacional del Poblado, que inclusive causó víctimas humanas lamentables. Sumándose así al hacinamiento de estas viviendas, la irresponsable inmoralidad de arquitectos, constructores y curadores.

Ahora, no es que se presenta con este memorando retroceder al tiempo idílico de las viviendas de Prado, ni mucho menos de que debamos edificar casas en lugar de edificios, pero sí tener en cuenta en las edificaciones actuales que estas sean más humanas, más amplias, menos circunspectas y así podamos decir que son lugares  “habitables” y que nos invitan a la alegría y comunidad entre las familias y que la relación entonces se torne más fluida y por ende más humana. Lo que equivale a ambicionar que las construcciones no se conviertan en “no lugares”, como lo expone en su obra “Los No lugares: Espacios del anonimato“, del antropólogo Marc Augé.

Y como último pensamiento para dejar constancia de mi apreciación sobre las viviendas de ayer y las de hoy en la ciudad, cae de perlas un pasaje que leí hace muchos años en la obra “el principito” de Antoine Saint-Exupery que dice:

Si vous dites aux grandes personnes: «J’ai vu une belle maison en briques roses, avec des géraniums aux fenêtres et des colombes sur le toit…» elles ne parviennent pas à s’imaginer cette mai-son. Il faut leur dire: «J’ai vu une maison de cent mille francs». Alors elles s’écrient: «Comme c’est joli!»

Si les decimos a las personas mayores: “He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado”, jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: “He visto una casa que vale cien mil francos”. Entonces exclaman entusiasmados: “¡Oh, qué preciosa es!”

Saint-Exupery, A (1943). Le petit prince. p.15

¿Cuál es su percepción sobre los espacios? ¿Nos estamos ahogando en vasos de agua? Déjanos saber tu opinión.

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